En tiempos electorales suelen aparecer algunos conceptos que, desde sectores del poder, intentan hacernos creer que son ciertos.
El primero es aquel que nos asegura que las elecciones, por si mismas, pueden ser la solución a nuestros problemas. En realidad este es el más jodido de todos, porque apunta a inmovilizarnos; las elecciones expresan siempre el grado de desarrollo de nuestras luchas y de nuestra organización, así como el de nuestras falencias no resueltas. Nunca son un avance en sí mismas, apenas una foto, mejor o peor, que muestra donde estamos.
El movimiento popular se construye en la lucha cotidiana y no en un día cada dos o cada cuatro años.
El peronismo, su más alto exponente, no se construyó el 24 de febrero de 1946 y ni siquiera el 17 de octubre de 1945. El peronismo es, primero que nada, heredero de la tradición de lucha de los trabajadores de la Argentina y aún de aquellos yrigoyenistas que huérfanos de liderazgos pero sedientos de justicia social, aportaron a su construcción y de la visión de Perón que pudo entender las fuerzas en pugna en ese momento y ocupar el rol que debía ocupar. Todo eso se expresó el 24 de febrero del 46 y esa fecha fue, en todo caso, su consolidación institucional.
Otro verso que nos vienen proponiendo desde hace tiempo es el de “lo nuevo”. Hijo dilecto de la anti política, encontró campo orégano en nuestras frustraciones y desde ahí suele reaparecer en las consignas de la derecha, aunque no solo en ella. Con él nos quisieron vender a la Nueva Fuerza de Alsogaray en los 70 y luego a la UCD en los 80. Hablándonos de lo nuevo nos encajaron, entre otros, a Palito Ortega, Reutemann, Scioli y Macri, pero también a Zamora. La idea es que si la política nos ha defraudado, nada mejor que traer a alguien que “viene de afuera” para resolvernos lo que no podemos arreglar nosotros.
Para no hacerla larga, hay dos versos más que andan en yunta con el de “lo nuevo”. El primero es el de la lucha contra la corrupción (qué siempre aparece como una cuestión individual o a lo sumo de sector político) y el segundo, muy vigente ahora, es el de la “unidad de la oposición”.
Para tratar de explicarme, debo decir que efectivamente la corrupción debe ser combatida y es parte de nuestros males actuales. Sin embargo, la ética y la transparencia son valores indispensables pero insuficientes. Supongamos que un gobierno como el de Macri no fuera corrupto (que lo es) ¿eso alcanzaría para hacerlo bueno? Por supuesto que ningún gobierno corrupto es bueno para nadie, salvo para quienes se benefician de ella. Pero la política es, básicamente, una lucha de intereses en pugna y un gobierno que desarrolle la política a favor de los sectores minoritarios es malo, sea corrupto o no, para los trabajadores y el pueblo.
La corrupción por supuesto necesita de corruptos y corruptores, pero la corrupción es inherente al sistema capitalista y sobre ella se basa ¿Qué otra cosa que corrupción es que unos pocos se queden con la mayoría de lo que los demás producimos? Y más aún cuando lo que nos dejan no nos alcanza para vivir dignamente.
Para terminar y aunque cada uno de estos versos bien merecerían una nota para debatirlos, no podemos dejar de nombrar el de la “unidad de la oposición”. Este concepto es impulsado, básicamente, por los sectores concentrados que están por fuera y enfrentados con el gobierno (sin olvidar que otros sectores concentrados son parte y beneficiarios del mismo) pero lo loco, es que esa supuesta unidad es también funcional a los intereses del mismo gobierno.
Este verso se cruza con los anteriores y da por sentado que la solución a nuestros problemas está dada solamente por ganarle las elecciones al gobierno y no por ser capaces de construir una alternativa superadora al kirchnerismo. Este concepto deja de lado, en virtud de ese supuesto objetivo común, la cuestión central que como siempre es política y nos propone en la práctica una alternativa falsa. Más allá de algunos bien intencionados, nos propone elegir entre el presente perpetuo que nos ofrece el gobierno o la vuelta al pasado que impulsan algunos de sus opositores. Los trabajadores ya aprendimos, dolorosamente, que en política los atajos terminan siempre en una calle cerrada, por eso apostamos a construir el futuro hoy, aunque aparezca como más difícil. Hace rato que, al menos algunos, decidimos que mejor que hacer lo posible es hacer posible lo necesario.
Para no hacerla larga, hay dos versos más que andan en yunta con el de “lo nuevo”. El primero es el de la lucha contra la corrupción (qué siempre aparece como una cuestión individual o a lo sumo de sector político) y el segundo, muy vigente ahora, es el de la “unidad de la oposición”.
Para tratar de explicarme, debo decir que efectivamente la corrupción debe ser combatida y es parte de nuestros males actuales. Sin embargo, la ética y la transparencia son valores indispensables pero insuficientes. Supongamos que un gobierno como el de Macri no fuera corrupto (que lo es) ¿eso alcanzaría para hacerlo bueno? Por supuesto que ningún gobierno corrupto es bueno para nadie, salvo para quienes se benefician de ella. Pero la política es, básicamente, una lucha de intereses en pugna y un gobierno que desarrolle la política a favor de los sectores minoritarios es malo, sea corrupto o no, para los trabajadores y el pueblo.
La corrupción por supuesto necesita de corruptos y corruptores, pero la corrupción es inherente al sistema capitalista y sobre ella se basa ¿Qué otra cosa que corrupción es que unos pocos se queden con la mayoría de lo que los demás producimos? Y más aún cuando lo que nos dejan no nos alcanza para vivir dignamente.
Para terminar y aunque cada uno de estos versos bien merecerían una nota para debatirlos, no podemos dejar de nombrar el de la “unidad de la oposición”. Este concepto es impulsado, básicamente, por los sectores concentrados que están por fuera y enfrentados con el gobierno (sin olvidar que otros sectores concentrados son parte y beneficiarios del mismo) pero lo loco, es que esa supuesta unidad es también funcional a los intereses del mismo gobierno.
Este verso se cruza con los anteriores y da por sentado que la solución a nuestros problemas está dada solamente por ganarle las elecciones al gobierno y no por ser capaces de construir una alternativa superadora al kirchnerismo. Este concepto deja de lado, en virtud de ese supuesto objetivo común, la cuestión central que como siempre es política y nos propone en la práctica una alternativa falsa. Más allá de algunos bien intencionados, nos propone elegir entre el presente perpetuo que nos ofrece el gobierno o la vuelta al pasado que impulsan algunos de sus opositores. Los trabajadores ya aprendimos, dolorosamente, que en política los atajos terminan siempre en una calle cerrada, por eso apostamos a construir el futuro hoy, aunque aparezca como más difícil. Hace rato que, al menos algunos, decidimos que mejor que hacer lo posible es hacer posible lo necesario.
*Julio Macera pertenece a APM, Asociación de Agentes de Propaganda Médica (visitadores médicos) y es el actual Secretario Adjunto de CTA Capital Federal

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